Por: Amaury Sánchez
“Las democracias no mueren cuando faltan discursos; comienzan a debilitarse cuando las palabras dejan de tener significado.”
Hay ceremonias que se olvidan al día siguiente y hay otras que, sin proponérselo, terminan retratando el estado de una nación. La entrega del Galardón CONPPRYT 2026 pertenece a estas últimas.
No porque en el salón se hubieran reunido los hombres más poderosos del país. Tampoco porque desde aquella tribuna se anunciara una reforma constitucional o una decisión capaz de alterar el rumbo de la economía. No. Su importancia radica precisamente en lo contrario: en tiempos donde el ruido suele confundirse con la información y donde la velocidad pretende sustituir al pensamiento, un grupo de periodistas, comunicadores, académicos y ciudadanos decidió detenerse unas horas para hablar de algo que parece cada vez más escaso: la responsabilidad de la palabra.
México vive una época singular. Nunca habíamos tenido tantos medios, tantas plataformas y tantos emisores de opinión. Sin embargo, pocas veces la verdad había enfrentado una competencia tan feroz. Cada teléfono celular se ha convertido en una imprenta portátil; cada usuario en un potencial difusor de noticias; cada rumor en una posibilidad de convertirse en tendencia nacional antes de que alguien verifique si ocurrió realmente.
Es la democracia de la información y, al mismo tiempo, su principal contradicción.
Por eso resultó significativa la reflexión expresada durante la ceremonia por Guillermo Velasco Barrera. Sus palabras no fueron las de un hombre que mira con nostalgia el pasado ni las de quien pretende regresar a épocas donde unas cuantas empresas decidían qué debía pensar el país. Fueron las palabras de alguien preocupado porque la libertad, sin responsabilidad, termina siendo rehén de sus propios excesos.
La observación merece atención. Una sociedad puede sobrevivir a la confrontación política. Incluso puede fortalecerse mediante ella. Lo que ninguna democracia resiste por mucho tiempo es la desaparición de los hechos como punto de encuentro entre quienes piensan distinto.
La discusión pública mexicana atraviesa precisamente ese riesgo.
Desde un extremo se acusa de autoritarismo a cualquier gobierno popular. Desde el otro se etiqueta como enemigo a cualquiera que formule una crítica incómoda. Entre ambos polos quedan atrapados los ciudadanos, observando una batalla donde con frecuencia importa más destruir al adversario que comprender la realidad.
En ese contexto, el periodismo adquiere una responsabilidad superior.
No la de convertirse en juez. Mucho menos en fiscal político. Tampoco en vocero de los gobiernos o de las oposiciones. Su obligación sigue siendo la misma que hace cien años: perseguir los hechos con la obstinación de quien sabe que la verdad nunca se entrega completa y que cada generación debe volver a buscarla.
Las intervenciones de José Adrián Rangel Guerrero y Sergio Navarro caminaron precisamente en esa dirección. Ambos reconocieron, desde distintas perspectivas, que la comunicación moderna enfrenta desafíos que ninguna generación anterior conoció. Hoy la noticia ya no compite solamente contra otras noticias; compite contra algoritmos, emociones instantáneas, campañas digitales y estructuras capaces de multiplicar una mentira millones de veces antes de que aparezca la primera rectificación.
Frente a ese escenario, el periodismo serio parece una actividad anticuada.
Y quizá allí radique su valor.
Porque mientras las redes sociales premian la velocidad, el periodismo exige paciencia. Mientras los algoritmos recompensan la indignación, el periodismo demanda contexto. Mientras la propaganda busca adhesiones automáticas, el periodismo formula preguntas.
Esa diferencia es la que mantiene viva a una sociedad democrática.
Por ello el reconocimiento entregado a diversos comunicadores trasciende el terreno personal. Cada galardón simboliza una idea sencilla pero poderosa: todavía existen hombres y mujeres convencidos de que informar es un servicio público y no solamente una oportunidad de negocio o un instrumento de lucha política.
Entre ellos se encuentra Amaury Sánchez, cuya trayectoria representa la persistencia de una generación formada cuando el oficio exigía caminar calles, recorrer redacciones y comprender que detrás de cada nota existían seres humanos de carne y hueso, no simples estadísticas para alimentar plataformas digitales.
Su reconocimiento también habla de otra realidad frecuentemente ignorada. El periodismo mexicano no está compuesto únicamente por grandes corporativos mediáticos ni por figuras de alcance nacional. Existe una extensa red de comunicadores locales que durante décadas han documentado la vida de sus comunidades sin reflectores, sin presupuestos abundantes y, muchas veces, sin la seguridad económica que merece su trabajo.
Son ellos quienes registran la historia cotidiana del país.
La participación del maestro Gabriel Ibarra y de José de Jesús Salazar Zazueta en el proceso de respaldo y acompañamiento del galardón aporta además un elemento relevante. En una época donde las instituciones suelen caminar separadas, su presencia simboliza el encuentro entre la academia, la sociedad civil organizada y el ejercicio periodístico. No es un detalle menor. Las democracias sólidas se construyen precisamente cuando distintos sectores encuentran espacios comunes para dialogar sin renunciar a sus diferencias.
En el caso de José de Jesús Salazar Zazueta, su trayectoria al frente de iniciativas sociales y comunitarias representa una visión donde la comunicación no se limita a informar, sino que también contribuye a fortalecer el tejido humano que sostiene a las comunidades. Su participación, junto con la del maestro Gabriel Ibarra, otorga al reconocimiento una dimensión que trasciende lo estrictamente periodístico para convertirse en un ejercicio de vinculación entre ciudadanía, liderazgo social y libertad de expresión.
Al final de la ceremonia no cambió el gobierno. No se modificó ninguna ley. No se alteró el precio del dólar ni se resolvieron los problemas nacionales.
Pero ocurrió algo que, en ocasiones, resulta igual de importante.
Un grupo de mexicanos recordó que las palabras siguen teniendo valor.
Y en un tiempo donde abundan quienes las utilizan para dividir, manipular o destruir, ese simple recordatorio constituye una noticia digna de ser contada.
Porque las naciones no se sostienen únicamente con presupuestos, elecciones o instituciones. También se sostienen con ideas. Y detrás de toda idea importante siempre aparece alguien dispuesto a defenderla con el único instrumento que jamás debería perder prestigio en una democracia: la palabra.